Soja Transgénica

Por Jorge Kaczewer

En la Argentina, segundo productor mundial de cultivos genéticamente modificados, la mayoría de los alimentos procesados hoy, disponible en supermercados, contiene ingredientes derivados de soja tolerante al glifosato, leguminosa transgénica cultivada en 12 millones de hectáreas de las mejores tierras del país.

(Si es verdad que la soja transgénica provoca problemas en la salud, entonces estamos en problemas, porque todos los días comemos soja RR y muchas veces sin saberlo. Al respecto Jorge Rulli, miembro del Grupo de Reflexión Rural, manifestó que “todo lo que estamos comiendo tiene una base de soja, desde los salamines, las morcillas, los alfajores, las hamburguesas hasta los chocolatines, todo se hace con lecitina, margarina y proteína de soja. Todo lo que es proteína industrial en Argentina tiene una base hasta, a veces, del 80% de soja transgénica”  Rodolfo Compte.)

Las últimas estimaciones locales de la cantidad de glifosato utilizado por nuestros agricultores confirman la validez de previas advertencias de que este herbicida sería fumigado excesivamente al resistir la soja transgénica su efecto letal. La cifra de 150 millones de litros consumidos durante los últimos 12 meses supera por lejos las peores expectativas.

Paralelamente, a principios de 2002, los excedentes de la cosecha de soja transgénica empezaron a repartirse caritativamente a millones de habitantes empobrecidos y hambrientos en medio de un récord histórico de indigencia local. Esta campaña, bautizada "Soja Solidaria", fue lanzada por la Asociación de Productores de Siembra Directa (AAPRESID)... Como consecuencia de la aplicación de este modelo de producción a gran escala con “ahorro” de mano de obra, en sólo cinco años, la República Argentina se convirtió en el país con más pueblos rurales “fantasma” del planeta.

Una diputada argentina presentó un proyecto de ley en la legislatura de Buenos Aires intentando establecer la obligatoriedad de inclusión de la soja en todos los planes alimentarios de la ciudad, incluyendo los comedores escolares.

Autoridades gubernamentales, eclesiásticas y universitarias argentinas promovieron la puesta en funcionamiento en La Plata de una "planta solidaria" para el procesamiento de soja, cuyo objetivo es producir diariamente, con 1.000 kilos de legumbres, 30.000 raciones de alimentos para repartir entre varios comedores sociales de la región. Buscando paliar la malnutrición infantil, también se llegó al absurdo de destinar fondos a la compra de una gigantesca y modernísima planta elaboradora de “leche de soja”, ignorando que en las conclusiones del Foro para un Plan Nacional de Alimentación y Nutrición, organizado por el Consejo Nacional de Coordinación de Políticas Sociales y auspiciado por UNICEF, se recomendó particularmente desalentar el consumo de soja y sus derivados en menores de 5 años y evitarlo en absoluto en menores de 2 años, a la vez que se criticó la denominación de "leche" al jugo de soja,  nombre asignado por el sólo hecho de tener una apariencia similar.

Frente a la avalancha de evidencias científicas que confirman la nocividad del exceso de soja en la dieta, sea ésta transgénica o convencional, estos hechos revelan que, en la Argentina, la estrategia concebida por la industria transgénica hace una década para acostumbrar al público a la ingeniería genética y a cualquier riesgo posible asociado con ella, comienza a rendir sus frutos. El plan fue apresurarse en mostrar los beneficios globales de la tecnología y poner a la gente a comer alimentos transgénicos tan rápido como fuera posible.

Cuando eventualmente se comunicara al público que estuvo comiendo transgénicos, éste pensaría para sí mismo, por ejemplo, “así que si vengo consumiendo alimentos transgénicos desde hace ya un tiempo y no caí muerto, entonces imagino que todas las preocupaciones fueron simple histeria respecto de nada”. Qué frustrante presenciar la profusa cobertura periodística multimedial de nuestra sociedad casi totalmente seducida por semejante humanitarismo hipócrita. Porque paliar nuestra epidemia de hambre con soja forrajera transgénica es el colmo de la superposición de ignorancias.

En 1994, Ilse Oeschlager-Demarest, agrónoma biodinámica alemana radicada en Francia, denunció premonitoriamente semejante riesgo del consumo masivo de soja en la dieta humana. En su investigación publicada en la revista francesa L’esprit du Temps, “Soja – La conquista silenciosa”, ella se preguntaba:

“¿Qué otra planta sino la soja podría haber permitido que surgiera un dominio mundial que extrae su poder a partir de la denegación a las poblaciones, a través de la dieta, de las bases físicas para el pensamiento claro y la acción independiente y consciente?”

La soja contiene varias sustancias que son tóxicas para humanos y animales. Estas toxinas son comúnmente denominadas “antinutrientes”, o sea, sustancias cuyo efecto impide que el cuerpo obtenga de un alimento los nutrientes necesarios. Algunas toxinas de la soja pueden ejercer un efecto directo devastador sobre órganos, células y enzimas específicos.

Comprender los alcances de la aseveración de Oeschlager-Demarest es difícil porque la enorme confusión pública respecto de ventajas y desventajas del consumo de soja convencional no parece ser promovida por hechos científicos sino por múltiples intereses competitivos de industrias alimenticias y sus lobbies formadores de opinión.

Y lo mismo ocurre en la literatura científica sobre la relación soja/salud: la disparidad de resultados de las investigaciones disponibles responde claramente a la pugna entre cuatro diferentes influencias: el lobby agropecuario sojero, el lobby de las industrias lácteas y de la carne, el lobby de las compañías farmacológicas y el lobby de la industria montada en derredor del fenómeno de la “alimentación saludable” (dietéticas, naturismo, vegetarianismo, etc.).

Sin embargo, hoy en día cada vez son más los especialistas científicos que están denunciando hasta qué punto el consumo masivo de soja puede afectar peligrosamente nuestra salud y, especialmente la futura aptitud neurológica y la capacidad reproductiva de nuestros niños, esto último debido a que las isoflavonas de la soja hoy son consideradas verdaderos disruptores hormonales.

Y, por último, el contexto de un mercado alimenticio saturado de soja transgénica y sus productos derivados no sólo plantea interrogantes sobre los efectos de la soja en la dieta humana, sino que también exige una discusión acerca de la posible toxicidad de los productos genéticos adicionales que desde hace casi seis años está ingiriendo a diario nuestra población, ya que su inocuidad, principio precautorio mediante, todavía no fue demostrada.

Mientras tanto, 200 millones de hectáreas de selva amazónica brasileña y boliviana son el nuevo objetivo que intentará saciar la voracidad de los agro-“holdings” sojeros. Grupos de empresarios argentinos, al constatar que el cultivo de soja transgénica no mejora los rindes, están explorando la posibilidad de entrar allí “con escala”, incluyendo planes de obras públicas gigantescas que posibiliten vehiculizar la producción hacia los correspondientes destinos.

Marcando un contraste con la burda aceptación “transgénica” de la mayoría de las autoridades gubernamentales y un grupo de científicos argentinos, el panorama mundial devela un creciente rechazo. Africa se está unificando hacia la autodeterminación y la autosuficiencia a partir de la “movida” norteamericana de obligar a las naciones hambrientas a aceptar ayuda alimentaria transgénica.

El Dr. Swaminathan, anteriormente promotor y defensor de la Revolución Verde en India, hoy le da la espalda a las empresas transnacionales agroquímicas para apoyar a pequeños agricultores. Etiopía está superando su constante epidemia de hambruna mediante la adopción de una agricultura sustentable y de bajos insumos. En América, cada vez más agricultores están imitando el ejemplo dado por Percy Schmeisser.

Una nueva ley europea, en vigencia desde el 17 de octubre de 2002, requiere una completa determinación de riesgos medioambientales previa a cualquier liberación de cultivos transgénicos, una completa interconsulta con todas las partes interesadas y un monitoreo obligatorio durante los ensayos y etapas post-liberación. En realidad, esta legislación requiere información molecular específica de cada evento para la identificación singular de la línea de modificación genética. Hasta ahora, semejante información no sólo es inexistente ya que su primer antecedente data del hallazgo de ADN no identificado en soja RR de Monsanto por científicos belgas en mayo de 2000, sino que además los reguladores ahora tendrán que exigirla en forma rutinaria para poder otorgar una aprobación. En síntesis, esta legislación mantendrá fuera de Europa los cultivos transgénicos.

Un poquito más cerca nuestro, la Sexta Sala de la Corte de Apelaciones de Santiago de Chile ordenó suspender la comercialización y la importación de todos los alimentos transgénicos elaborados con materias primas que no se encuentren debidamente rotulados por los organismos de salud competentes, en base a una orden de no innovar, correspondiente a un recurso de protección presentado por el Consorcio de Sociedades Agrícolas del Sur, quienes solicitaron prohibir la venta de estos productos en Chile.

Las predicciones de otros peligros también han sido confirmadas: malezas que adquirieron resistencia al glifosato ahora son plaga en campos de soja y algodón transgénicos en EE.UU.

La contaminación transgénica de cultivos comerciales y especies nativas amenaza gravemente la biodiversidad agrícola. Las evidencias de peligros planteados por el consumo de alimentos transgénicos continúan creciendo. La última noticia que ha sido el hallazgo confirmatorio de que ADN transgénico de harina de soja RR consumida en hamburguesas y licuados fue incorporado por bacterias en el intestino humano, una posibilidad que los científicos protransgénicos han negado por años. Debida muestra de que las advertencias comienzan a escucharse es que más de 35 países ya han legislado la obligatoriedad de etiquetado de alimentos procesados conteniendo ingredientes provenientes de plantas transgénicas o activado leyes restrictivas de su importación.

Las peligrosas consecuencias sanitarias y ambientales de la irrestricta implementación de las aplicaciones agroalimentarias de la tecnología transgénica fueron denunciadas por el MAPO en la Argentina en la “Declaración de Mar del Plata”. A partir de mayo de 2001, fecha en que publicamos el fascículo “Riesgos Transgénicos para la Salud Humana”, nuestra denuncia pudo generar un espacio de debate permanente y divulgación a múltiples niveles.

Para mayor información entrar a los sitios que posee MAPO en Internet.

Jorge Kaczewer es médico UBA, investigador y periodista. Miembro del Area de Investigación del MAPO y uno de los pioneros del movimiento orgánico argentino.

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