Recuperar la Soberanía Alimentaria No Es Una Opción Ni Una Alternativa: Es la Única Salida Posible

Por Eduardo Yarke 

soberania_alimentaria.JPGEn Argentina el modelo extractivista agropecuario (basado en el cultivo con semillas transgénicas en tándem con potentes herbicidas e insecticidas) que desde la década de los 90 ha generado inmensos perjuicios ambientales, está llegando a un punto altamente sensible: el envenenamiento masivo de poblaciones rurales o semi-urbanas localizadas próximas a los cultivos.

No es solamente la pérdida en la diversidad de flora y fauna que convierte los campos en desiertos solo aptos para el monocultivo, ni la contaminación verificada de napas y cursos de agua superficiales y profundos, ni la deforestación creciente en abierta violación de la Ley Nacional de Bosques Nº26.331 practicada por aventureros rodeados de sicarios con amparo oficial, ni el desplazamiento de familias campesinas y grupos originarios convertidos en masa creciente de refugiados ambientales, ni la pérdida consentida de soberanía al permitir que deban importarse todas las veces las semillas y que se acepten patentes sobre recursos naturales propios, sino que todavía es mucho mas que eso: es el envenenamiento sistemático y progresivo de la población radicada en proximidad con los cultivos en una situación tal de riesgo y enfermedad que los profesionales de la salud que los atienden y las organizaciones ambientales que denuncian, así como los propios damnificados no dudan en señalar tal situación como el genocidio del siglo XXI en nuestro país.

Ya no son solo los cultivos de soja y granos los que se someten a este mecanismo de semillas modificadas y potentes herbicidas, también los cultivos regionales como algodón, arroz, tabaco, yerba mate, té, frutales de todo tipo, algunas verduras, vides, nogales y almendros son fumigados con glifosato y endosulfan. La irresponsabilidad de su empleo llega a tal nivel que hasta los laterales de las vías férreas, en plena ciudad de Buenos Aires y su Región Metropolitana son fumigados con estos productos para eliminar yuyos y malezas.

Todo esto sucede con el beneplácito de las patronales agropecuarias, el apoyo de las autoridades nacionales y provinciales, de los grandes medios masivos de comunicación hegemónicos, de los importadores y proveedores de los insumos y de un reducido sector científico, junto a la complicidad de las escuelas de agronomía, de economía y de otros organismos académicos de la mayoría de las universidades. La renta que esta forma de producción produce, acalla todo escrúpulo y obnubila las conciencias de quienes deberían actuar para prevenirlo y evitarlo y no lo hacen.

Mientras tanto, los indicadores que señalan el envenenamiento y las graves enfermedades que produce esta práctica son ya inocultables. Durante años se trató (y se trata todavía) de silenciar, desprestigiar, combatir, incluso amenazar o agredir a los que denunciaban esta situación. Se buscó (y todavía se lo hace) de enfrentar a victimas evidentes con pobladores en riesgo, con el argumento siempre presente de que los que denuncian solo quieren perjudicar al resto y hacerles perder su actividad o empleo. Callarse por temor o por sumisión, tragarse las lágrimas y llorar sus muertos en silencio. Esa es la consigna.

Afortunadamente en toda sociedad siempre están los que no se resignan, los que luchan por la verdad y la justicia, los que finalmente y después de mucho tiempo algo consiguen como los Médicos de los Pueblos Fumigados o las Madres del barrio Ituizangó de la Ciudad de Córdoba, en donde después de 10 años de reclamos, se realizará el primer juicio con acusados por envenenamiento en junio de 2012. Junto a ellos y apoyando su acción, están las Universidades Nacionales de Córdoba o Rio Cuarto, la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Rosario, un conjunto de organizaciones sociales y ambientalistas y las personas de buena voluntad y de pensamiento propio que van despertando y enterándose a pesar del hermetismo impuesto, y al hacerlo, asumen en libertad y con coraje el deber cívico de denunciar este bien llamado genocidio de los agronegocios.

Sobre este artículo