Expansión de los Productos Orgánicos

mercado-productos-organicos.jpgEn la última feria de alimentos orgánicos realizada en Anaheim, California, Gary Hirshberg, director ejecutivo de Stonyfield Farm, dijo: “Lo nuestro nunca fue sólo negocio. Estamos aquí para cambiar el mundo. Durante décadas hemos soñado con este momento.”

Después de haber sido ignorados por Washington durante largos años, los defensores de alimentos orgánicos y locales han encontrado alguien que escucha en la Casa Blanca y que promete abogar por una provisión sostenible de alimentos más nutritivos. Esa persona es Michelle Obama, quien subrayó la necesidad de consumir alimentos locales frescos y no procesados. Michelle acaba de comenzar a plantar, en los predios de la Casa Blanca, una huerta para consumo interno.

Pero más alentador que eso –que al fin y al cabo podría reducirse a un gesto de voluntad individual– es la nueva postura adoptada por el Departamento de Agricultura, un organismo con viejos y estrechos lazos con el agribusiness.

A mediados de febrero el nuevo Secretario de Agricultura, Tom Vilsack, tomó un martillo neumático y comenzó a perforar el pavimento detrás de las oficinas del Ministerio para crear su propio “jardín público orgánico”. Dos semanas después, la Administración Obama nombró a Kathleen Merrigan, conocida defensora de la agricultura sostenible, como número dos de Vilsack.

Se advierte, por tanto, un cambio de rumbo en el gobierno de Estados Unidos. Los activistas aspiran a que tales acciones sean precursoras de grandes cambios en la forma en que el gobierno federal supervisa la provisión de alimentos del país y que aliente la demanda de productos orgánicos, frescos y locales. Ya han hecho llegar un sinnúmero de ideas ambiciosas.

Con todo, algunos activistas temen que sus sueños de una dieta menos procesada pronto choque con las realidades de Washington y las angustias financieras que se expanden por el país. Muchos están viajando a Washington para entregar una copia de “Food Inc.,” (un documental que contiene una ácida crítica del agribusiness, de los alimentos procesados y ataques a lobbies y a empresas como Monsanto). Si no los reciben no se sorprenderán: “estamos acostumbrados a que nos dejen esperando en la puerta”, dice Walter Robb, presidente y CEO de Whole Foods Market, una importante cadena de almacenes orgánicos.

En el centro del movimiento de la comida sostenible está la creencia que Estados Unidos es eficiente en la producción de alimentos abundantes y baratos que enriquecen a las empresas y al agribusiness, pero que son poco saludables y malos para el medio ambiente. Según los activistas, la culpa la tiene el gobierno federal, porque paga millones en subsidios a los agricultores para que produzcan granos y soja. El resultado es sobreabundancia de granos que brinda alimento barato para el ganado e ingredientes baratos como el jarabe de maíz, alto en fructosa.

Ellos plantean que la política agraria – y los dólares federales – deberían en cambio alentar a los granjeros a cultivar cosechas diversas, permitir prácticas de conservación y promover las redes de alimentos locales que usan menos combustibles fósiles  para fertilizar y transportar.

Pero los defensores de la agricultura convencional dicen que el método orgánico no puede generar alimentos suficientes porque los rindes tienden a ser más bajos que los de los cultivos logrados con fertilizantes químicos. Admiten que lo orgánico tiene su lugar, pero que no alcanza para alimentar al mundo.

El debate no es nuevo. Se viene dando ya desde hace años. Lo que es nuevo es que el movimiento por los alimentos sostenibles ha ganado importancia comercial con el éxito de los alimentos orgánicos en la última década y con el espaldarazo de chefs y personajes de la farándula. También fue ayudado por la preocupación que generan la epidemia de obesidad y la seguridad de los alimentos. Aunque todavía los argumentos “orgánicos” no han logrado mucha fuerza en Washington, los activistas y emprendedores han logrado que mucha gente piense en lo que come.

Pero esa mayor conciencia de los consumidores motivó cambios importantes en las empresas convencionales. Heinz, por ejemplo, ha reducido enormemente la cantidad de aditivos que utiliza en sus procesos  y su CEO cree que ésa es una tendencia en casi todas las grandes compañías tradicionales.

O sea, que la idea de los alimentos sostenibles va filtrándose poco a poco en la corriente principal del pensamiento y ahí sí que estaríamos entonces al filo de una verdadera revolución en la producción de alimentos.

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