Dulce Peligro: Los Riesgos para la Salud del Azúcar Blanco

El problema del azúcar refinado es el hecho de que, justamente en el proceso de refinación, sólo quedan hidratos de carbono puros. El cuerpo no puede utilizar este almidón refinado e hidratos de carbono a menos que las proteínas, las vitaminas y los minerales que previamente habían sido removidos en el proceso industrial de refinación están presentes.

La naturaleza suministra estos elementos en cada planta en cantidades suficientes para metabolizar los hidratos de carbono de manera eficiente. No hay exceso de otros carbohidratos añadidos.

La metabolización incompleta de estos carbohidratos dan como resultado la formación de moléculas potencialmente peligrosas para el cuerpo humano, como el ácido pirúvico y azúcares anormales que contienen cinco átomos de carbono. El ácido pirúvico se acumula en el cerebro y el sistema nervioso y los azúcares anormales en las células de la sangre roja. Estos metabolitos tóxicos interfieren con la respiración de las células. Ellos no pueden obtener oxígeno suficiente para sobrevivir y funcionar normalmente.

Con el tiempo, algunas de las células mueren. Así se marca, en muchos casos, el comienzo de graves enfermedades degenerativas del cuerpo humano.

El azúcar refinado es letal cuando es ingerido por los seres humanos, ya que sólo proporciona lo que los nutricionistas describen como calorías "vacías". Carece de los minerales naturales que están presentes en la remolacha o caña de azúcar. Además, el azúcar refinada emplea vitaminas y minerales necesarios para otros procesos vitales, a través de la demanda que la digestión del azúcar refinada impone.

La ingesta diaria de azúcar refinado produce un estado de sobreacidez, obligando al cuerpo a corregir con minerales este desequilibrio. Con el fin de proteger a la sangre, el cuerpo necesita calcio, el que se toma de los huesos y los dientes, ocasionando caries y debilitamiento general del sistema óseo. El exceso de azúcar con el tiempo afecta a todos los órganos del cuerpo. Inicialmente, se almacena en el hígado en forma de glucosa (glucógeno). Puesto que la capacidad del hígado es limitada, un consumo diario de azúcar refinada (por encima de la cantidad necesaria de azúcar natural) pronto hace que el hígado se expanda como un globo. Cuando el hígado se llena a su máxima capacidad, el exceso de glucógeno se devuelve a la sangre en forma de ácidos grasos. Estos son llevados a todas las partes del cuerpo y se almacenan en las zonas más inactivas: el vientre, las nalgas, los pechos y los muslos, provocando el aumento de peso, y todas las complicaciones vasculares que la obesidad provoca.

Por ello, antes de ponerle dos cucharaditas de azúcar al café, es mejor pensarlo dos veces.

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